Crisis de la identidad nacional en España - Antropología Social UMU

  

¿Existe una crisis de identidad nacional en España?


Iker Avellanal Echezarreta / Universidad de Murcia / Grado en Filosofía / Antropología Social


1.     Introducción. 

En la presente investigación se pretende abordar la situación de la identidad nacional, o, en su defecto, identidades nacionales en España. En el primer apartado se esclarecen los conceptos básicos en los que se sostiene el trabajo, tales como: pueblo, nación, estado, patria y país. Seguidamente se analiza histórica y antropológicamente el surgimiento y la evolución del sentimiento nacional en nuestro país, así como el de la crisis de estos propios valores identitarios. A continuación, se exponen el caso vasco y catalán como regiones disidentes de España, desde la antigüedad hasta la actualidad, los cuales suponen la ruptura con la personalidad de una comunidad. Y finalmente se realiza una subjetiva valoración personal que constituye la conclusión.

El proyecto, además de basarse en la bibliografía de artículos y obras, se sustenta en otro pilar principal adicional: la colaboración de dirigentes y representantes políticos para mostrar el terreno de crispación y discrepancia política actual, ilustrado mediante sus testimonios en entrevistas.  Concretamente, se ha contado con la colaboración de Benjamín Mompó, secretario general de las juventudes socialistas del PSOE de la Comunidad Valenciana: “joves socialistes”; Francisco Bernabé, senador del Partido Popular, también ha sido diputado en el Congreso, Consejero en el gobierno en la Región de Murcia, Delegado del Gobierno y Alcalde de La Unión; Víctor Egío, secretario general de comunicación de Unidas Podemos en la Región de Murcia, también ha sido concejal de Santomera; Joseba Agirretxea, diputado en el Congreso por el PNV, también ha sido concejal de Ondárroa; Unai Urruzuno, quien ha sido portavoz de EH Bildu en el Parlamento Vasco, y actualmente es miembro de la directiva del partido; y, por último, Aurora Madaula, diputada en el Parlament de Catalunya por JXCat y vicepresidenta nacional del partido. Privilegiadas colaboraciones con las que he podido entender las distintas posturas en cuanto a uno de los temas más peliagudos que existe en nuestro país. Desde la izquierda hasta la derecha, pasando por el nacionalismo e independentismo, tienen buenas razones para defender cada uno la identidad nacional que les representa, mi objetivo pues es demostrarlo. (Se debe acudir a la bibliografía, en la última página, para acceder a ellas).

 

2.     Aclaración de conceptos: pueblo, nación, estado, país y patria. 

Para hablar con propiedad del tema que nos acontece, cabe empezar dilucidando algunos conceptos básicos que se tratan a lo largo de todo el trabajo.  

Primeramente, disponemos del término “pueblo” que ha dado lugar a diversas confusiones, al ser tradicionalmente tan amplio y ambiguo. Hermann Heller, por ejemplo, distinguió entre la acepción de pueblo como forma natural, es decir, concebido solo como la población y la raza a la que se pertenece, o como forma cultural, el conjunto de rasgos culturales que lo identifican específicamente, por ejemplo: idioma, religión y tradiciones comunes, que van a formar un pueblo con un aspecto físico unitario.  A. Basave, por su parte, extrae hasta cinco connotaciones de pueblo: como población cuantitativa; como masa amorfa y neutra; como ente aclamador guiado por un caudillo; como sujeto de la opinión pública frente a la autoridad; como sujeto de decisión política, es decir, cuerpo electoral; o como mandatario actuando a través de sus representantes. Podemos destacar también al gran Hegel, quien postulaba que para hablar de pueblo hemos de exponer las potencias en que su espíritu se particulariza: la religión, la constitución, el sistema jurídico con el derecho civil, la industria, el arte y la ciencia, el aspecto milita y el lado de la valentía, cada pueblo se distingue de los demás mediante cada uno de estos aspectos. Por lo tanto, en Hegel, el espíritu del pueblo es el espíritu universal vertido en una forma particular. Dicha particularidad del espíritu del pueblo, que surge con la existencia, consiste en modo y manera de la conciencia que tiene el pueblo del espíritu. Francisco Suarez, por último, era partidario del pueblo como cuerpo místico, constituido por hombres unidos por una especial voluntad o común consentimiento en un vínculo de sociedad, para ayudarse mutuamente en orden a un fin político. Si bien es cierto que el pueblo es entendido de diversas maneras entre distintos autores como los citados, se puede sintetizar en la siguiente definición: “La noción de pueblo engloba a todos los miembros de una comunidad política, haciendo abstracción de su origen étnico y del grado de su integración sociológica.” (Joaquín Blanco Ande, 1982). 

A continuación, tenemos el concepto de “nación”, que, pese a emanar directamente de la idea de pueblo, supone, en cierto modo, una superación de este, ya que una nación no es cualquier pueblo sino aquél que posee una historia personal real, por lo que la nación se presenta como una unidad espiritual y ética. Suele entenderse como aquello que unifica a una sociedad, el sentimiento de pertenencia a un pueblo, favorecido por una serie de factores cohesionadores que influyen en el surgimiento de una nación. El primero es de orden natural, compuesto por el territorio, la raza o la lengua. El segundo es de orden histórico, integrado por las tradiciones, las costumbres y la religión. Y el tercero, y último, es de orden psicológico, que hace referencia a la conciencia nacional. (Mancini, 1851). De esta manera fue definido por primera vez, en el contexto de las repúblicas italianas del siglo XIX, no obstante, la Revolución Francesa carga el término con un enorme peso emocional. Este término está íntimamente entrelazado con el de Estado, así que voy a tratarlos conjuntamente. Si la nación es un concepto sociológico (por ese “sentimiento de pertenencia” y esa “conciencia nacional”, de la que antes hablaba), el vocablo estado es un concepto jurídico. Osease, el Estado es el conjunto de instituciones que regulan, mediante leyes y normas, un territorio concreto, encarnado en última instancia por la “carta magna” o “constitución”. Éste puede ser soberano, lo que implica independencia global, o asociado, lo que supone una dependencia internacional. No obstante, la nación, hace referencia tanto al sentimiento de pertenencia como a una idea de poder político, de ahí la existencia de la “soberanía nacional”, por ejemplo.  Si la nación, a partir del siglo XIX, se exterioriza a través de la “nacionalidad”, el estado se manifiesta mediante el “imperium”, la “soberanía” y la “independencia”, los tres pilares en los que se basa. Hegel vuelve a arrojarnos luz en el asunto y nos ilustra el concepto de Estado con las siguientes palabras: “el Estado es la vida moral realizada, toda vez que el Estado es la unidad de la voluntad universal y esencial con la subjetiva; y esto es la moralidad. Solo en el Estado tiene el hombre una existencia racional. Todo el valor que un hombre tiene, toda su existencia espiritual, la tiene mediante el Estado” (Gerog Hegel, 1837) Tradicionalmente existen dos teorías en cuanto a la nación: la alemana y la francesa. Mientras que la primera se funda por razones étnicas, estableciendo una jerarquía racial, la segunda, además de poseer rasgos étnicos, se basa en las características espirituales. Por lo general, también se puede afirmar que el nacimiento de la nación es anterior al del estado, aunque hay excepciones como puede ser Estados Unidos. Por lo tanto, normalmente el Estado es concebido como la personificación jurídica de la nación ya existente. Y, por último, la nación no siempre coincide con el estado. En España, sin ir más lejos, tenemos un estado, el español, pero diversas naciones además de la española, como son: la vasca, catalana o gallega. Asimismo, en el Reino Unido conviven en un mismo estado las naciones: inglesa, irlandesa o escocesa. En ambos casos citados ha dado la casualidad de que estas naciones no constituyen independientemente un Estado propio, algo que a veces ocurre, como es el caso de Suiza, estado en el que conviven las naciones: alemana, francesa e italiana, las cuales, a su vez, si se corresponden con estados propios independientes: Alemania, Francia e Italia, respectivamente. Cabe apreciar que la nación es algo más profundo y arraigado en una comunidad que el estado, puesto que un estado se puede desintegrar de un momento a otro, es simplemente una configuración institucional. No obstante, en la nación no ocurre lo mismo, sino que para que desaparezca, dejando a un lado la dificultad que ello supone, consiste en un proceso paulatino y progresivo propulsado por la desafección de sus integrantes por mantener aquello que les mantenía unidos, tanto el orden natural, como el histórico, como el psicológico, que derive en que sus miembros adopten otra nación, o bien, que otra nación le invada y le impongan sus valores.  Centrándonos en el asunto que nos concierne, la idea española de nación está fuertemente impregnada por el catolicismo y toda su idiosincrasia que se articula en torno a dicha doctrina, donde también nace la polémica de aquello que he afirmado, presuponiendo sin cuestionamiento alguno de que en España no solo existe una nación, la española, dado que según algunos, las nacionalidades que nombra reiteradamente nuestra Constitución vigente de 1978, no es más sino un error por su supuesta “falta de rigor histórico” y, por ende, la imposibilidad de encajar en la teoría manciniana, ya citada, en la que toda nación tiene el derecho de convertirse en un Estado. Es ahí el núcleo de la eterna discusión que tenemos en nuestro país. (Joaquín Blanco Ande, 1982).

Y lo cierto es que esta última palabra, país, es muy similar a la de estado, más específicamente se refiere a la delimitación geográfica, las fronteras, que comprende un estado con una, o varias, naciones. Se apunta en la siguiente cita que: “Así como el estado se sustenta en torno al marco normativo y jurídico, la idea de país se sustenta sobre esto mismo, pero a su vez incluye la cuestión histórica de una manera más patente […] Es en este punto donde chocan las definiciones de País y Estado ya que no todos los Países son Estados. La cuestión de ser nombrado y reconocido como país es capital para aquellas regiones con aspiraciones independentistas. El caso más famoso es la región española del País Vasco (Euskadi), esta comunidad se integra dentro de España” (Juan Escario Gómez, 2019).  

Finalizo el apartado hablando de la patria. Una noción que, si el anterior presentaba un razonado parecido con el de Estado, este lo presenta con el de nación. El vocablo deriva del latín para significar que, en una sociedad patriarcal como la romana, se denominaba así al país de nacimiento, “la tierra de los mayores”. La patria como idea esencialmente sentimental y carnal, es la nación hecha sentimiento, por lo que se diferencia de la nación en que esta se concreta más como los lazos conformados a través de la historia, una “nación como conciencia de sí”. Cuando la nación trasciende se convierte en patria, si la nación era la superación del pueblo, la patria es la superación de la nación, concebida como el ideal y el espíritu de la nación. Por acabar con la metáfora, la nación es el cuerpo y la patria el alma de un pueblo. (Joaquín Blanco Ande, 1982). De los pensadores que tratan el tema, tenemos desde los defensores como Voltaire: “la patria es para cada uno el lugar donde puede vivir bien” hasta sus detractores como Marx, según el cual el proletariado era apátrida, es decir, carece de patria.

 

3.     Sentimiento nacional en España a lo largo de su Historia. 

Lo que conocemos actualmente como “España” es el producto de una configuración estatal-nacional que tardó en llevarse a cabo varios cientos de años. Al principio, el vocablo, junto al de “Hispania”, del que derivó, no era más que una manera de denominación geográfica de la península ibérica sin estructura política ni jurídica, que, hasta el siglo XIII, según algunos pensadores, no surge una especie de sentimiento de pertenencia a dicho pueblo y territorio (Juan Pablo Fusi, 1999).  

El principal motivo por el que comienza a fraguarse esta especie de identidad española de manera más manifiesta fue la unificación de los reinos cristianos en el siglo XV que dividían la península ibérica en cuatro: Castilla, Aragón, Navarra, e incluso Portugal durante unas décadas. A pesar de que no haya consenso sobre el momento exacto en el que surge la nación española como tal, se marca este siglo como la clave, dado que se producen una serie de acontecimientos históricos como pueden ser el descubrimiento de América o la toma de Granada marcando el fin de la Reconquista que empiezan a dar una identidad al pueblo español. (Iago Teijeiro, 2018). 

En cualquier caso, son los ilustrados en el siglo XVII los que traen algo así como la unidad nacional española ya que son los que ponen encima de la mesa el debate sobre el centralismo y la organización territorial mediante provincias, que culminará en el reinado de Isabel II durante el siglo XIX, curiosamente simultáneamente también al surgimiento del nacionalismo vasco y catalán de los que hablaré en el siguiente apartado. De esta manera, la fecha que sí se suele definir como la denominación a España en un sentido político-jurídico, y no solo geográfico como hasta el momento, es 1812 con la creación de la primera Constitución española tras la Guerra de Independencia contra Napoleón, que supuso, no solamente, una vez más, de unión del pueblo español, sino que marcó el inicio de la nación española tal y como la conocemos en la contemporaneidad. (Antonio Luis Vicente Canela y Mª Teresa Moreno Ramos, 2009). 

Evidentemente, esta formación estatal-nacional española, no se da de forma aislada, sino que coincide aproximadamente en el tiempo con la aparición de la nueva concepción de estado que va de la mano con el nacimiento del capitalismo y la economía mercantilista. Así, el nuevo Estado Español que hasta el siglo XIX no cuaja en su totalidad, se relaciona de manera directa también con la biopolítica, de la que hablaba Foucault, un término acuñado precisamente por él para referirse a la serie de mecanismo que utiliza un Estado para controlar a sus miembros. (Salvador Cayuela Sánchez, 2021). 

Es cierto que aparte del análisis histórico que se puede hacer para indagar en el nacimiento de España en todas sus dimensiones, como el que he hecho de manera breve y concisa, también lo podemos hacer desde una perspectiva más antropológica, es decir, analizando el nacimiento de sus rasgos culturales, como son el folclore y la simbología.  

Por un lado, hemos de definir el folclore tal y como lo hace uno de sus mayores exponentes en nuestro país: “Hablar del folclore español, es intentar hablar de las formas anímicas, sentimentales, emocionales, físicas, mentales, económicas, políticas, religiosas, etc. de la sociedad hispana. Imposible de entender en profundidad, sin tener en cuenta la conformación de esta nación, al ser un conjunto de sociedades, culturas o pueblos, cada uno de ellos con una entidad e identidad cultural propia que le define”. (Daniel Peces Ayuso). No podemos hablar del folclore en singular, sin tener en cuenta las influencias tanto internas como externas que permite a cada territorio español desarrollar sus tradiciones, debido a sus adversas y diversas condiciones desiguales por todo el territorio. Pero sí que podemos establecer tres tipos de folclore en España: el del norte, el del sur-levante y el del centro. No obstante, el folclore español, como tal, en sentido estricto, no existe hasta el siglo XIX (al igual que el estatuto jurídico-político de la nación española), el cual se emplea para recoger el conjunto de tradiciones que forman la identidad de España: desde bailes, cantos y trajes tradicionales, a los cuentos y leyendas de tradición oral. “Ha pasado de ser una disciplina científica enraizada en el mundo intelectual de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX a ser fundamentalmente una práctica de bailes y cantes rescatados de la tradición con mayor o menor acierto y con técnicas más o menos adecuadas” (Salvador Rodríguez Becerra, 1999). 

Por otro lado, la simbología es otro pilar fundamental de la conformación de un sentimiento nacional. Según la Moncloa, sede del Gobierno, España está integrada por tres símbolos principales que representan al conjunto del país: la Bandera, el Escudo y el Himno.  

La Bandera rojigualda tiene origen en el reinado de Carlos III durante el siglo XVIII cuando se quiso establecer una sola bandera del reino, ya que en aquella época coexistían tres tipos de banderas en España: el estandarte real, las banderas militares y el pabellón de la marina. Su establecimiento general fue un proceso de reinado tras reinado, de asimilación y ampliación de la bandera cada vez a más lugares, a pesar de la proliferación de distintos tipos de banderas que se produjo durante la Guerra de Independencia, o la proclamación de la bandera tricolor durante la Segunda República.  

El Escudo actual de España integra hasta nueve siglos de la Historia de nuestro país, fruto de una sucesión de distintos escudos instaurados por cada dinastía, o momento histórico. Desde la Dinastía Trastámara en el siglo XV, hasta la Transición en el XX, pasando por: los Austrias, los Borbón-Anjou, los Bonaparte, el Gobierno Provisional, los Saboya, la I República, la II República y la Dictadura de Franco. El vigente ahora es de 1981, modificado el de la Transición, que supone la recopilación de lo más característico de los anteriores.  

Por último, el Himno Nacional de España: “La Marcha Real Española”, que carece de letra, solo tiene banda sonora, fue instaurado también por el Rey Carlos III en el siglo XVIII, igual que la bandera. Desde entonces, éste siempre ha sido el himno de España, salvo durante la Segunda República que se adoptó el de Riego. 

De todo ello podemos concluir varias cosas. Para empezar, es muy definitorio el hecho de que todos los aspectos que marcan algo así como la nación española, no aparecen hasta el siglo XVIII (tanto la Bandera, como el Himno), siendo un proceso que comienza en el siglo XV (como el Escudo), y que se completará en el siglo XIX con la aparición de la primera carta magna española que rige todo su código jurisdiccional, así como la recopilación de toda su idiosincrasia cultual a través del folclore. A partir de este análisis histórico-antropológico, podemos deducir como la creación de una identidad nacional española es un proceso que dura al menos cuatro siglos en su conformación (del XV al XIX) y su posterior evolución hasta el día de hoy.  

No es casualidad que en España se diese todo ello durante estos siglos, el reinado de Carlos III se adaptó al cambio que padecían las monarquías de su época, instaurándose los estados nación que conocemos ahora. Este proceso lo clasifica Ortega y Gasset en distintas etapas. La primera va del siglo XI al XVII en el que se forman los estados nación. La segunda va del siglo XVII al XIX en el que estos se articulan jurídica y administrativamente. La tercera reside en el auge de los nacionalismos entre 1800 y 1920. Y, por último, la contemporaneidad en la que yace la crisis de identidad nacional, así como del propio estado por las instituciones supranacionales. (Antonio Luis Vicente Canela y Mª Teresa Moreno Ramos, 2009). Aplicando esta clasificación a nuestro análisis español, podemos ver de manera clara que en efecto se cumple, especialmente las dos primeras fases que son las que nos interesan en este apartado. La primera fase en España se da en el siglo XV, la unificación de los Reinos Cristianos en uno ibérico, la segunda fase en el siglo XIX, cuando se proclama la primera Constitución. En el siguiente punto nos toca abordar la tercera y cuarta fase. Comencemos así con las “regiones disidentes” de la nación española.   

 

4.     Regiones disidentes de la nación española: el caso vasco y el catalán. 

La nación española, que comienza a forjarse de manera clara y distinta, así como oficial, en el siglo XIX por el flujo liberal, se verá interrumpida constantemente por un receso económico generalizado en todo el Estado, salvo en el País Vasco y en Cataluña, donde sí se experimentará un considerable despliegue económico constituyéndose una burguesía que, impulsada por la melancolía y nostalgia, buscará volver al reino medieval del que provenían para mantener su soberanía modernizando su estructura en una nación estado como las de la época. El País Vasco, por una parte, buscaba recuperar los territorios del Reino de Navarra, y Cataluña, por la suya, los del Reino de Aragón de corte catalanoparlante, para desarrollarse tanto económicamente como culturalmente de forma independiente. (Antonio Luis Vicente Canela y Mª Teresa Moreno Ramos, 2009). Todo ello llevado a cabo mediante el nacionalismo: “una ideología que resalta e impulsa la idea de que la nación es el elemento más importante en la constitución de un Estado.” (Alfredo Marín García, 2021).  No obstante, el nacionalismo vasco y catalán, aunque actualmente coexisten y lo han hecho a lo largo de parte de su historia, surgen en determinados y específicos momentos, y merecen ser analizados con detenimiento por separado. 

El nacionalismo vasco surge del mito, como intento de justificar una realidad política, social y económica, además del apoyo histórico de estos mitos en los dos elementos culturales de su idiosincrasia: la raza y la lengua. Ejemplos de estos mitos son: el de Arrigorriaga, el de Túbal o el de Aitor. El primer nacionalismo vasco es conocido como tradicionalismo, fundado por el carlismo, el bando más reaccionario contra el liberalismo del siglo XIX, por sus aspiraciones de centralidad y su adhesión a la industrialización que chocaba frontalmente con los intereses del pueblo vasco, característico por ser rural. Las máximas de los defensores de Carlos IV como legítimo Rey, eran la protección de la iglesia católica y la defensa de las particularidades de los territorios vascos, para evitar la intervención del estado, encarnado en sus conocido lemas: “Dios y Ley vieja” o “Dios, Patria y Rey”. Posteriormente, en la segunda mitad del siglo XIX, con el afán de castigar de alguna manera a estos territorios por haberse enfrentado, se toma la decisión de abolir permanentemente los fueros en este territorio. “Los fueros habían representado históricamente la posibilidad real de una cierta autonomía política de los territorios vascos”, porque permitía “la exención tributaria y del servicio de armas, en un momento en que el servicio militar era obligatorio para la población del resto del estado. […], una situación de privilegio para los vascos en el contexto del estado español.” (Antonio Guerrero Torres, 2000).  

Surge así el fuerismo, una nueva corriente nacionalista que tendrá enorme importancia en la constitución formal de un nacionalismo independentista vasco, conformada primordialmente por la burguesía monopolista vizcaína. A su vez, hubo dos divisiones en la corriente: transigentes, más moderados, e intransigente, más radicales y extremistas. Lo cual favoreció a la teoría aranista, que consistió en la defensa de una Vizcaya independiente, primero, y posteriormente de aquello que él llamo Euzkadi, el conjunto del pueblo vasco (Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Navarra e Iparralde), ya a finales del siglo XIX y principios del XX, con la fundación del Partido Nacionalista Vasco, teniendo como precedente a la Sociedad Euskalerria. La ideología de Sabino Arana, que era de tradición claramente carlista, se puede sintetizar en lo siguiente: defensor de la idea del “ser vasco”, dotándole de una comunidad e identidad vasca, por la existencia de una lengua y raza común, por lo que además del rechazo a toda expresión de liberalismo, también se contrapuso a los maketos, obreros inmigrantes de otras zonas del estado que habían venido a trabajar la siderurgia vizcaína, de este modo también se puede reconocer una impronta anticapitalista, ya que dicho sistema merma el estilo de vida tradicional de la sociedad vasca. Como el fuerismo no era independentista per se, de hecho, ipso facto no lo era en absoluto, hubo una escisión del sector autonomista del PNV, constituyendo la Comunión Nacionalista Vasca. A lo largo de la historia posterior, vemos la institucionalización de un nacionalismo vasco hegemónico sin precedentes, de lo que nació en aquellos primeros batzokis donde se reunían los defensores de la patria vasca. 

Por último, cabe añadir que el incipiente nacionalismo vasco que acabo de exponer cambia notablemente tras la Guerra Civil, cuando el PNV se ve obligado a unirse a un frente socialista y republicano, y la Dictadura Franquista, en la que se inició una campaña estudiantil de reflexión sobre los métodos que hay que utilizar para luchar contra el Régimen que acabó materializándose en ETA, Euskadi ta Askatasuna, grupo partidario de combatir la represión franquista mediante lucha armada, al ser ineficaces e ineficientes las posiciones reformistas que estaba llevando a cabo en el exilio su lehendakari José Antonio Aguirre. Actualmente coexisten así dos corrientes nacionalistas vascas: los autonomistas, el PNV, y los independentistas abertzales, cuya expresión armada es ETA, políticamente era Herri Batasuna, actualmente representado por Euskal Herria Bildu. (Antonio Guerrero Torres, 2000). Como anotación, en la Transición se recuperó la antigua idea de fuero mediante el Concierto Económico Vasco (CUPO), que dota de un amplio autogobierno al País Vasco a la hora de gestionar sus propios recursos económicos. 

El nacionalismo catalán, por su parte, nace del catalanismo, movimiento cultural que cobra gran importancia y peso en la Renaixença, una especie de romanticismo europeo adaptado a Cataluña, con el objetivo de renacer el catalán como lengua cultural y literaria que se consagra en el siglo XIX, mediante tres tendencias: la tradicionalista-foralista, la federalista y la estrictamente nacionalista. (Laureano López Rodó, 1999) Para entenderlo debemos tener en mente los distintos acontecimientos históricos que le favorecieron, tanto antes del Reino de Aragón, osease, los Condados del siglo IX y su supuesta independencia, pero, sobre todo, durante y después del Reino que constituye el pretexto que justifica el sentimiento de identidad catalana. Primero, la dinastía borbónica, con el afán de aplicar el modelo francés, suprimió los fueros y otras peculiaridades de la corona aragonesa que habían heredado de los Austrias. Lo relevante comienza en la Guerra de Sucesión española del siglo XVIII, momento que actualmente se homenajea mediante la celebración del Día de Cataluña. No obstante, el sentimiento nacionalista español no mengua en favor del catalán hasta el Desastre de 1898, cuando se desvanece por completo el Imperio Español, con la pérdida de las últimas colonias que provocó el auge de un nacionalismo catalán, no solo por cuestiones identitarias, sino también por razones económicas, debido a que parte del capital que muchos españoles tenían invertidos en ellas se repatrió a Cataluña, lo que aumentó su riqueza en una tierra ya económicamente bastante avanzada por la industrialización. El siglo XX es el momento en el que el nacionalismo catalán se politiza e institucionaliza mediante la creación de la Lliga Regionalista primero, y después con la Mancomunidad de Cataluña, que fueron oprimidos durante la dictadura de Primo de Rivera, así como los responsables de la proclamación de la República Catalana que tuvo lugar en la Segunda República, y la fundación de la representación política independentista que actualmente sigue perdurando: Esquerra Republicana de Catalunya, finalmente se renunció a ella a cambio de un estatuto de autonomía. La dictadura franquista supuso de nuevo la represión, hasta la Transición cuando nace el homólogo de ETA en Cataluña para conseguir la independencia por la vía rápida, violenta y directa: Terra Lliure, movimiento armado que, sin embargo, no fue muy longevo. (Abel Moya Méndez y Jorge Díaz Rodríguez, 2017). 

 

5.     Lucha política por la identidad nacional. 

Todo lo expuesto a lo largo del trabajo, se traduce en una actual y brutal crisis de identidad nacional en la que se encuentra sumergido nuestro país, estado y nación, debido a su división dicotómica entre los que reclaman la soberanía de las distintas naciones históricas por motivos culturales y económicos, y entre los que defienden la permanencia de dichas naciones históricas en un mismo entramado estatal e institucional. De esta forma, la identidad nacional, que a priori parece una cuestión individual, se ha apropiado políticamente hasta tal punto de convertirse en uno de los temas más polémicos e influyentes en las decisiones de nuestros mandatarios. Lo hemos podido comprobar, entre muchas otras pruebas, en el debate de los Presupuestos Generales del Estado o en los de Investidura, en los que cada grupo parlamentario ha intentado defender la identidad nacional que les representa.

De este modo, primeramente, Benjamín Mompó, representante del PSOE en el proyecto, me comentó en su entrevista que el partido sí que reconoce a España como un estado plurinacionalidad, pero hay dos vertientes del socialismo en España que entran en conflicto. Por una parte, una versión más autonómica, y por otra, una más españolista. Pero el PSOE esencialmente siempre ha sido de carácter federalista, reconociendo la singularidad de cada territorio, lo que facilitó durante la Segunda República la creación de los estatutos de algunas de las actuales comunidades autónomas. Mompó define también al PSOE como un constitucionalismo dialogador, frente al unilateral del de la derecha, achacándole como característica intrínseca el conflicto, para evitar el cual hay que optar por la senda de la convivencia, la coogobernanza y el diálogo. También habla de que el sector político popular entiende lo español como “castilla ampliada”, lo que implica la incomodidad de las otras identidades. En referencia al conocido derecho a decidir sobre el futuro de las zonas que reclaman su independencia, Mompó clarifica que el PSOE apuesta por un referéndum en el que decida el conjunto del estado y no solo los miembros de dichas regiones, lo que la legalidad permite. El representante socialista tampoco cree que sea el momento de poner este debate sobre la mesa, principalmente por la idiosincrasia internacionalista de su formación, la cual se centra más en políticas sociales que garanticen el Estado del Bienestar que en banderas. Además de la situación global actual que se está viviendo de crisis económica. Apunta que la clave del éxito de que el socialismo haya perdurado tanto tiempo en el poder es la adaptación a los cambios, el más sustancial fue el abandono del marxismo en el Congreso de Suresnes en la época de Felipe González, y mantener esa manera de ser y de actuar, ese espíritu, que tanto les caracteriza. Es importante además que el modelo autonómico evolucione. Benjamín señala que el Partido Socialista no se manifiesta, ni lo ha hecho nunca, en contra del CUPO vasco como modelo de financiación del estado. Sí que se han planteado quejas por parte de sectores, como el valencianista, por ser la comunidad autónoma peor financiada en comparación con su población, además de no tener estatuto propio. Para él, el problema de España reside en la mala administración de algunas competencias, siendo la descentralización del poder la clave para la eficacia gubernamental, siendo siempre lo más solidario posibles con aquellos territorios con menos recursos. En cualquier caso, el partido siempre ha defendido la unidad de España, pero en el caso de que constitucional y democráticamente alguna zona se separase habría que aceptarlo, haciendo campaña siempre en contra de la independencia, de manera igualmente respetuosa. Así que, bajo su punto de vista, es necesario buscar ante todo la unión antes que la división, la separación de un territorio no beneficiaría ni a este ni al resto del estado. Califica la independencia de Cataluña como “cortina de humo”, cuyos gobiernos la han priorizado frente a las medidas de justicia social, y tras ella, se esconden los verdaderos problemas de la ciudadanía. Esta sociedad, dice Mompó, está viviendo una constante fatiga desde hace diez años, creando un clima de desconfianza e incertidumbre, acabándose el relato sobre el que se sostiene el independentismo, lo que explica el aumento electoral de aquellas fuerzas “constitucionalistas”. Por último, ha recalcado que el PSC, Partido de los Socialistas de Cataluña, es un partido independiente al PSOE que está integrado en él, y es el único que ha conservado su propia identidad sin ser, ni siquiera, una federación del PSOE como lo es el Partido Socialista de Euskadi, pero, en definitiva, más que como nacionalista o regionalista, el PSC se autodenomina como catalanista cultural.

Francisco Bernabé, representante del PP en el proyecto, ha defendido que nación no hay más que una, la española, a la que se le añaden diferentes nacionalidades históricas, de acuerdo con lo que dicta la constitución, teniendo claro que la soberanía nacional reside en el conjunto del pueblo español, y solo esa totalidad tiene capacidad de decisión por haber suscrito el contrato que supone la Constitución del 78. Postula que están completamente en contra de cualquier proceso unilateral de autodeterminación como el producido en Cataluña, y menos aún de la violencia ejercida en el País Vasco con ETA buscando exactamente el mismo objetivo. Por lo que desde el Partido Popular siempre se ha promovido, promueve y se promoverá la unidad de España dentro de un marco constitucional y donde se reconozca la singularidad de las regiones históricas. Bernabé ha reiterado en todo momento que su partido respaldará aquello que entre dentro del ordenamiento jurídico vigente, como es un referéndum al conjunto del estado. El senador no comparte el calificativo de constitucionalismo unilateral al PP como sí de independentismo unilateral a los separatistas, por la sencilla razón de que son ellos los que quebrantan las reglas del juego y no el Partido Popular, o el resto de formaciones constitucionalistas. El partido de ahora nace de Alianza Popular cuando comienza la democracia en nuestro país, y la cuestión no es evolucionar, sino que, al ser español, tienen la labor de defender todo lo que representa España. Reconoce y se enorgullece también del avanzado autogobierno del País Vasco, como la mayor autogestión de Europa, por encima de estados federales como el alemán. Lo que no significa por ello que el pueblo español tenga que perder su soberanía y que algún español pueda sentirse extranjero dentro del territorio nacional, cuestiones de principios básicos desarrollando todo lo que se pueda dentro del marco de la legalidad. En referencia al CUPO vasco, los populares nunca se han estado en contra de los derechos históricos forales, de hecho, cuando han gobernado no han llevado a cabo ninguna medida en contra de él. Francisco, nos señala que lo ocurrido en Cataluña con el intento de referéndum fue un golpe de estado, primero porque así lo ha declarado el Tribunal Constitucional, dado que pertenece al delito de sedición. El golpe de estado puede darse de dos formas: mediante la rebelión, un lanzamiento armado, o a través de otras fórmulas no violentas como la declaración ilegal de independencia, por eso el famoso “procés” es ilícito. En cuanto a la españolidad murciana, el político ha hecho referencia a estudios sociológicos, encuestas, según las cuales en la Región de Murcia existe el sentimiento nacional español más alto que en el resto del estado. De la misma manera, no cree en la existencia de un regionalismo murciano, y en cuyo caso, si lo hubiese, sería de forma muy minoritaria, así se ha podido comprobar con el fracaso del partido regionalista, Somos Región, en las elecciones. Nos comenta además que de la misma manera que el PP se posiciona en contra de la violencia terrorista de ETA, también lo hace con aquellos mecanismos estatales que utilicen esos medios para combatirlo. Por último, achaca al adoctrinamiento del gobierno catalán el incremento actual de una ideología separatista, educando en una inexistente opresión.

Víctor Egío, representante de Unidas Podemos, completamente partidario de la plurinacionalidad, y de hecho, la forma de organización del partido es confederal, modelo que pretenden aplicar no solo a pequeña, sino también a gran escala. Reconocen por tanto que España es un estado donde conviven cuatro naciones. A pesar de que se les suelan tildar de “antiespañolistas” o, incluso, de antiespañoles directamente, una idea bastante rancia por ser herencia del franquismo, Egío considera que Podemos es el partido más patriótico, porque defienden que la verdadera patria no es exaltar una bandera, sino que es más patriótico, por ejemplo, pagar impuestos en nuestro país y no evadirse de ellos tributando en paraísos fiscales, o no cometer casos de corrupción de manera institucional, defender en última instancia al “español normal”. También habla del sentimiento españolista en la Región de Murcia, opinando que generalmente en Murcia hay un amplio sentimiento de pertenencia a la nación española, y comenta el caso de un estudio en el que los murcianos son los que más dispuestos estarían a defender España en algún conflicto, porque en algunos sectores conservadores se ha promovido un anticatalanismo. De la misma manera, la Región de Murcia no ha tenido una gran identidad propia, dado que los murcianos no se suelen interesar por política autonómica, sino más bien se centran en clave nacional. España como tal, postula Víctor, no es concebida como ahora hasta que empieza a surgir con la Guerra de Independencia en el siglo XIX, superando los reinos medievales en los que el territorio se dividía que, ni siquiera, fueron cristianos en la mayor parte de la época. Proceso de construcción de una identidad nacional que califica de dolorosa, historia dominada por el conflicto, ya que hay muchos debates no resueltos, que directamente ni se han abordado. Estos problemas se ponen de manifiesto, por ejemplo, cuando en Reino Unido permiten que haya una selección escocesa, y aquí no una vasca o una catalana. De hecho, hay países que tienen menos identidad nacional que nuestras soberanías no reconocidas, como es el caso de Andorra. En las diferencias que se dan en los nacionalismos del Estado Español, y entre otros del resto del mundo, Egío los sintetiza, primero en el valor que tiene aquí el idioma, a diferencia por ejemplo de Escocia, y segundo, el componente religioso que por el contrario aquí no tenemos, como la lucha entre católicos contra protestantes. En el caso hipotético de la independencia de un territorio, no cree que los perores daños fuesen económicos, por el mundo globalizado en el que nos encontramos inmersos, como sí el conflicto identitario y cultural que surgiría. Finalmente, el político progresista expone que harían campaña por la integración de las naciones en España, pero estarían de acuerdo con un referéndum en las zonas con aspiraciones soberanistas. Sea como fuere, su modelo idóneo es la república federal. 

Acabados los partidos del conjunto del estado, comenzamos con los defensores de territorios particulares, Joseba Aguirretxea, representante del PNV, comienza exponiéndonos que su partido fue el primer grupo vasco del Congreso de los Diputados, y el segundo partido más longevo del estado después del PSOE, que ha perdurado de manera intacta. También es el partido mayoritario de Euskadi desde que se instauró la democracia. Caracterizado por ser intergeneracional, interclasista y que geográficamente abarca todo Euskadi. El diputado nos comenta que surge cuando el carlismo pierde en Euskadi, pierde los fueros y el Estado Español impone sus leyes, es pues una reacción en defensa de lo propio y nace como instrumento de consolidar un estado vasco en el  futuro, que ha ido evolucionando hasta la actualidad, representando un paulatino soberanismo que empezó con el Estatuto y hay que ir desarrollándolo haciendo país día a día. Aguirretxea es consciente de que “nacionalismo” ha tenido connotaciones negativas porque se ha utilizado como un elemento de superioridad, invasión y prepotencia sobre otros. Sin embargo, su nacionalismo lo entienden a la inversa, ya que han sido ellos los oprimidos y reprimidos. Por lo que, define el nacionalismo como defensa de lo propio sin atacar lo del otro, lo ilustra con una cita: “Se puede amar lo que es sin odiar lo que no se es” de Kofi Annan (ex secretario general de la ONU). El Partido Nacionalista Vasco entiende que existe un pueblo vasco por el hecho de que tiene raíces culturales, históricas e identitarias que puede tener una configuración política, o no. Considera que se genera una identidad colectiva que comparte una serie de valores para poder ser un proyecto al igual que lo son otros pueblos del mundo, sin negar la existencia de otros, reafirma la resistencia propia. Comenta que, si no hubiesen tenido una lengua, identidad y forma de entender propia, no se considerarían como pueblo. Para él, hay un devenir histórico como el vasco en el que Sabino Arana, con todas sus imperfecciones, señala, le dio una estructura política a un sentimiento. Joseba no cree que haya no nacionalistas, los que les tachan de nacionalistas no se meten con el sustantivo, sino con el adjetivo vasco, porque ellos lo son, pero españoles. Quizá si el pueblo vasco tuviese la estructura y configuración de estado propia, no necesitaría ser nacionalista, el problema reside en que los que no tienen nación reconocida tienen que ser nacionalistas. Aguirretxea considera que hay un sentimiento de pertenencia a una identidad propia vasca, un sustrato colectivo, aplastante y arrollador. Sin tener nada en contra de lo español, no se considera español, más bien al contrario. El político aclara que su formación siempre ha defendido el derecho a decidir, de autodeterminación, del pueblo vasco, y por ello abogan por un referéndum legal para decidir su futuro. Es triste, sentencia, obligar a alguien a convivir con él, no pasa ni en familias, ni en negocios. Pero, en cualquier caso, la mayoría de su partido sí es independentista. Eso sí, ser independiente hogaño es la capacidad plena para gobernar dentro de la interdependencia, y los lazos de unión entre distintos estados. Ser independientes no perjudicaría a Euskadi, lo que le perjudica es depender de España. La situación económica vasca es suficiente para autogestionarse. No hay ningún país que renuncie a su independencia, aclama Joseba explicando que “no todo es pan en esta vida”. El Estado Español pretende tener cada vez más presencia en los territorios con aspiraciones soberanistas, y el punto de partida es no renunciar absolutamente a nada de lo que se tiene. Es cierto que hay gente acomodada con el modelo ventajoso y eficiente vasco, pero hay otra mucha que entiende que como institución política no debe depender de otro estado, aunque haya gente que no lo viva de la misma manera, hay otra mucha que sí. Para terminar, hace una consideración general sobre ETA, grupo que aparece en el franquismo, con la motivación política de oposición al régimen, que supone una escisión del PNV porque van en contra de su manera de combatirlo. La deriva que va adquiriendo con los años, ya en democracia en una lucha contra un “no se qué”, no le representaba en su forma de entender, porque quien usa esos métodos para conseguir algo, tendría que aceptar que otros usen los mismos para quitárselo. Evidentemente tampoco está justificado que surjan grupos como los GAL, porque un estado cuando se convierte en terrorista pierde toda su legitimidad. Finalmente, el político nacionalista concluye con que, pese a la globalización, en su pequeñez, Euskadi tiene que admirar sus grandezas, y tiene esperanza de que la gente siga queriendo a su tierra, de forma solidaria.

Viajamos de Euskadi a Cataluña, Aurora Madaula, representante de Junts Per Catalunya, empieza exponiendo que Cataluña ha vivido una década de fuerte participación política, el movimiento social independentista ha hecho que la gente se interese por la situación política. Su partido surge del intento de crear un frente común independentista frustrado, tras el referéndum del 2017 y la imposición del 155 del gobierno español. Su partido no se define como nacionalista sino como independentista, ya que, tras la Segunda Guerra Mundial, el nacionalismo, como apuntaba también Aguirretxea, está mal visto, siempre se le asocia un nacionalismo excluyente y étnico. Sin embargo, defienden que Cataluña es una nación cultural y política mediante la autodeterminación de un estado catalán propio. Comenta que existen dos clases de nacionalismo: cívico e individualista, y étnico y colectivista, el catalán pertenece al primero, de carácter abierto e integrador. El primer ejercicio de autodeterminación es el reconocimiento como nación por parte de la propia comunidad, desde entonces es una nación histórica porque es un nacionalismo que se basa en unos derechos culturales identificativos, pero también en una trayectoria histórica de una nación que les identifica como pueblo, pone el ejemplo de que tienen más historia que otras naciones estado como EEUU. Hay muchas razones, no solo culturales, que respaldan la nacionalidad de Cataluña. En cuanto al sentimiento nacional catalán que hay en su sociedad, nombra que en todas las encuestas del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), siempre hay una mayoría que se siente más catalana que española, y más después del referéndum de hace cinco años que implicó un ascenso de la gente que se consideraba solamente catalana por la agresión sufrida, pero el mantenimiento del conflicto genera una represión que también hace que la gente se modere. Además, en la última década hay una mayoría independentista en cuanto al ámbito electoral se refiere, superior al 50%, pero ya no solo los independentistas sino que los catalanistas progresistas superan el 80%, o era, porque el PSC se ha centrado dada la amenaza de la derecha, lo que cuestiona sus postulados catalanistas, y ha sido dividido así su electorado en otras fuerzas. La mayor ventaja que obtendría Catalunya de la independencia es la defensa de la lengua y la cultura catalana, porque ahora tienen un estado en contra, que no garantiza su protección, más bien al contrario, les amenaza. Ya que no se pudo consolidar una plurinacionalidad donde las lenguas fuesen igual de respetadas en cualquier parte del estado, no ser lenguas cooficiales sino dotar de la misma oficialidad y del mismo nivel a todas las lenguas que se hablan en el estado: euskera, catalán, gallego…, pero el Estado Español defendió la superioridad de una lengua frente a otras que son de segunda, un modelo de estado centralista y castellano que asfixia al resto. Todo ello sin despreciar el español que forma una parte indiscutible del pueblo catalán, como sucede en Andorra, o en cualquier otro sitio donde conviva más de un idioma. Otra sería acabar con el crónico e histórico déficit fiscal, pagan muchos más impuestos de los que vuelven. También beneficiaría en que los catalanes legislen y gestionen sus propias materias, competencias, en las que actualmente no lo hacen. Madaula afirma que no hay interés alguno en cambiar el sistema para beneficiar a las naciones, al contrario, lo que se suele hacer siempre es adquirir más competencias del gobierno autonómico, hecho a imagen y semejanza del francés, lo que solo se explica desde el nacionalismo español, lo que critican del vasco o catalán ellos hacen lo mismo, pero al tener estado lo llaman patriotismo, misma reflexión que Aguirretxea. Por último, Aurora reflexiona sobre que los estados cambian, son construcciones humanas, realmente no importa tanto la integridad del estado. Su perspectiva de futuro no es muy positiva, porque no se está avanzando nacionalmente, y la represión ha funcionado, hay sectores que ahora buscan vías muertas con las que no se va a conseguir nada, la solución está en confrontar la represión de manera directa.

Y, por último, tras ver el independentismo catalán, nos queda ver el independentismo vasco, una alternativa al nacionalismo, así Unai Urruzuno, representante de EH Bildu, la coalición abertzale por excelencia, que deriva de Herri Batasuna el cual fue ilegalizado, nos comenta que realmente no se definen como independentistas, sino más bien como soberanistas de izquierdas que aspiran a la consecución de una Euskal Herria independiente basada en la justicia social. Le parece innegable que en el pueblo vasco, al igual que en el catalán para Madaula, existen características que se corresponden con el concepto de nación, porque dispone de un idioma, una cultura y un territorio concreto, pero por encima de todo ello hay una conciencia nacional que al actuar sobre dichos factores conforman un movimiento de liberación. Urruzuno comenta algo curioso, según cómo se formulen las preguntas a la ciudadanía por su sentimiento de identidad nacional, la respuesta es diferente, porque hay una estigmatización del “independentista”. En cualquier caso, las cifras que maneja su partido son de un tercio de la población vasca que apoya su soberanía, una gran mayoría a favor del derecho a decidir, así como la clara hegemonía abertzale del parlamento vasco. No obstante, el sentimiento también es bastante utilitario según las ventajas que la independencia ofrezca a la ciudadanía. Un estado proporciona poder político que, en nuestro contexto internacional actual hay estructuras supra nacionales muy deterministas, un estado no es la máxima soberanía posible pero sí la suficiente como para autogobernarse y autogestionarse de manera propia y eficaz. Unai reclama la soberanía para su pueblo porque ningún otro renuncia a ella, al igual que apuntaron Aguirretxea y Madaula. Además, el autogobierno vasco que tanto se idealiza, está bastante acotado y mutilado. Dotar de capacidad de decisión propia beneficia al pueblo vasco en cualquier sentido. Ellos definen al Estado Español como régimen del 78, refiriéndose a una transición que no se dio, una operación de maquillaje de las estructuras franquistas, “se acuestan franquistas, pero se levantan demócratas”, no hubo una ruptura con la dictadura. Este régimen del 78 a pivotado en torno a la unidad de España, su eje vertebrador que responde a un modelo de nación bastante impositivo y artificial, porque no se atienden los conflictos que se dan dentro del entramos institucional, misma queja que Madaula, de alguna manera “quieren hacernos creer que hay café para todos”. Un modelo autonómico que no responde a las necesidades históricas de las nacionalidades ni de las autonomías. Urruzuno sí considera que el proyecto político español está en crisis, porque aún no ha resuelto su problema de las nacionalidades. Adicionalmente, la deriva autoritaria y represiva que se toma hacia fuera también repercute hacia dentro en (in)justicia social.


6.     Un mundo cada vez menos estatal, pero necesariamente sentimental.

Para terminar el trabajo, quiero hacer una reflexión y una valoración personal en cuanto al tema a modo de conclusión. Si bien es cierto que el mundo en las últimas décadas ha cambiado de manera ingentemente sustancial, así como significativa, la realidad es que el entramado institucional dudo que desaparezca, por lo menos de momento. Dicho lo cual no significa que la idea de estado no vaya a sufrir reconfiguraciones y que se mantenga intacta en el futuro, estoy convencido de que el estado va a poseer cada vez menos poder, para ir cediendo ciertas tomas de decisiones a organismos de carácter supranacional, así opinaban también autores y entrevistados que he tratado a lo largo de todo el escrito. Enorme cambio en el paradigma político actual en el que ya estamos encaminados con la Agenda 2030, que no es más que dar soluciones globales a problemas globales a los que nos enfrentamos como son la crisis climática o la pobreza, entre muchos otros. Bueno, según Antonio Campillo, uno de los mejores filósofos de la Región de Murcia respondiéndome precisamente a una pregunta que le formulé en la última charla en la que estuve, no es así puesto que dicho plan internacional es una mera declaración de intenciones sin proyección práctica real, y la fórmula ideal, lo más efectivo, sería la descentralización del poder en sectores o asambleas ciudadanas. Bajo mi punto de vista, es una utopía que a mí también me gustaría alcanzar, pero desgraciadamente nuestro contexto sociopolítico actual se encamina hacia la dirección contraria. Lo podemos comprobar con la adquisición de poder, cada vez mayor, de los organismos internacionales, como la ONU, la OTAN etc. Sin embargo, aunque haya una reconfiguración estatal mundial, el sentimiento de pertenencia a un territorio no va a variar notablemente. Esto se debe a que el nacionalismo y patriotismo, la identidad nacional, es una estructura mucho más profunda y compleja que la del conjunto de instituciones jurídico-políticas. Tal es así que yo, por ejemplo, vivo en Valencia, me siento vasco, y cuando salgo del país, me identifico, contra todo pronóstico, como español. Por lo tanto, las aspiraciones independentistas dudo que fragüen dado que las naciones, tengan estado propio reconocido o no, están abocadas a la descentralización del poder, y por ende, a la adquisición de gran parte de su soberanía. Todo ello es producto directo de la globalización, no solo económica, sino también cultural, al internacionalizarse un idioma como el inglés, que además es sencillo de aprender (lo que no quiere decir que vayan a desaparecer otras lenguas, legado primordial de una identidad nacional), o de las tradiciones, como la Navidad y Hallowen, que lejos de separar, unen el nuevo mundo que está surgiendo de un carácter más homogéneo, respetando en todo momento las singularidades propias de cada nación. No descarto pues que, en las próximos siglos o décadas, quién sabe, comiencen a florecer federaciones como la estadounidense en la comunidad europea, o, sin ir más lejos, en la ibérica. En definitiva, un mundo cada vez menos estatal, pero necesariamente sentimental.

 

7.     Bibliografía:

Enlace para ver las encuestas y su respectiva documentación: https://drive.google.com/drive/folders/1WxdnMVThRJRxCam3376MKGbHNwCjIBKb?usp=sharing

Blanco Ande, Joaquín (1982). Teoría del pueblo, nación, patria, país y estado. Boletín de Información, ISSN 0213-6864, Nº. 152

Canela, Antonio Luis Vicente (2009). Identidad nacional. Planteamiento y evolución de un modelo estructural. Revista Obets.

Cayuela Sánchez, Salvador (2021). Por la grandeza de la patria: la biopolítica en la España de Franco (1939-1975). Fondo de cultura económica

Díaz López, Jorge (2017). Análisis general del nacionalismo catalán. La razón histórica.

Escario Gómez, Juan (2019). Estado, País, Nación ¿son lo mismo? Academia play

Guerrero Torres, Antonio (2000). El origen del nacionalismo vasco. Laberinto UMA

Marín García, Alfredo (2021). Nacionalismo. Economipedia

Moreno Ramos, María Teresa (2009). Identidad nacional. Planteamiento y evolución de un modelo estructural. Revista Obets.

López Rodó, Laureano (1999). El Nacionalismo Catalán. BOE

Peces Ayuso, Daniel. El Folclore en España. Daniel Peces Folk

Rodríguez Becerra, Salvador (1999). El folclore, ciencia del saber popular, historia y estado actual en Andalucía. Revista de Folklore.

Teijeiro, Iago (2018). ¿Desde cuándo existe España? Blog: Cursos

Wilhem Friedrich, Georg Hegel (1837). Lecciones sobre la filosofía de la historia universal.  Alianza Editorial.


CORRECCIÓN DEL PROFESOR (Klaus Schriewer)

Calificación: 9 

Comentario: Iker, es un muy buen trabajo. En la introducción hubieras debido empezar presentando el tema y reflexionar sobre su importancia. No obstante no afecta la buena calidad del trabajo. Lo único, en lo formal: hay que poner mejor las referencias de las citas. La introducción debe comenzar con una reflexión más general que justifica la importancia del tema. Ejemplo: La identificación de la población con el país es un elemento clave para cada uno de los Estados. Tiene un papel clave para la vida interna y exterior … Por último, en el caso de Suiza, que comentas, no se puede hablar de naciones que conviven; son solo comunidades lingüísticas que por su cercanía a otros países hablan las respectivas lenguas.

Comentarios